Imposible dejar de respirar los aires de la restauración. El calendario retrocediendo 30 años. En la despedida del jefe de Gobierno, en el grandilocuente lanzamiento de sus propuestas, en la corte que celebra sus ocurrencias, en la prensa que lo idolatra, en la ausencia de competencia, en esa mezcla de mediocridad y aldeanismo interpretada como la palabra de un visionario, se siente el eco de las últimas glorias de presidencialismo. Un teatro repleto de empleados tributando aplausos de gratitud. La escena está demasiado cerca en nuestra memoria para ignorar su procedencia: un candidato único ungido como salvador nacional. El reciclaje de muchos priistas que acompañan al caudillo de la hora es lo de menos. Que muchos priistas relegados se reconviertan al culto del nuevo señor me parece, más bien, irrelevante. Era predecible: hace unos años glorificaban al profeta de la modernidad; hoy enaltecen al más furioso de sus enemigos. Bien se sabe que el resentimiento es uno de los motores más poderosos de la política. Absurdo desconocer su influjo -y su servicio. Lo sorprendente es la resurrección simbólica del presidencialismo, la rehabilitación del caudillismo prestigioso. Muy poca imaginación hay en esta recuperación de los rituales del redentor. López Obrador, candidato del neopriismo, escenifica una obra bien conocida: un candidato único al que se van adhiriendo ambiciosos. La recopilación de sus ocurrencias es empaquetada como un coherente y ambicioso proyecto que traerá la alegría a la nación. El candidato derrotado no tiene ninguna oportunidad para debatir con el nuevo príncipe. Quienes no lo aplauden, deben callar. Será un acto de fidelidad histórica, lealtad a la muy nuestra tradición del caudillo.
La ceremonia ha sido la coronación de la voluntad. Se alude constantemente a un mágico Proyecto Alternativo de Nación pero en realidad lo que se enfatiza es la determinación de un caudillo, la capacidad política de un hombre que puede transformar al país con sólo proponérselo. El “proyecto”, envasado como libro y como listado de propuestas, no es más que una suma de ocurrencias. Muchos han tomado a López Obrador por un radical. No lo es. Su programa es de una pasmosa pequeñez. No hay, por ningún lado, algún boceto de cambio fundamental. Hablar de radicalismo implicaría un diagnóstico más o menos coherente de la realidad nacional y un esbozo de la transformación indispensable.En las palabras de López Obrador no hay nada que se asemeje a una radiografía o una terapia de choque. Los ingredientes de su potaje son fácilmente identificables. Moralidad e identidad son las obsesiones fundamentales. Todo gira alrededor de esa pareja. Los problemas de México se originan en la corrupción de los de arriba; la desgracia nacional se debe al olvido de lo nuestro, a la adulteración de nuestra savia histórica, al empeño de negarnos. De ese diagnóstico parten todas y cada una de las recetas del caudillo tabasqueño: recuperar la raíz y combatir a los corruptos. La izquierda mexicana hoy abandera un puritanismo nostálgico.
Como candidato, López Obrador sigue su manual como gobernante: el mando de lo simbólico sobre lo eficiente. Si se considera al alcalde de la Ciudad de México como un gobernante exitoso es precisamente por su talento como manipulador del universo simbólico. Ya lo decía Maquiavelo: los hombres siguen el informe de los ojos, no el dictamen de la razón.
El coche de la austeridad se impone sobre los testimonios de la corrupción; las conferencias diarias ocultan la política de opacidad; el festejo de las obras viales encubre las alcantarillas sin mantenimiento; los cheques a los viejos disfrazan el clientelismo. La popularidad del jefe de Gobierno es testimonio de que lo simbólico sigue rindiendo frutos. Así se refleja en sus propuestas: trivialidad conservadora pero siempre visible. Eso es el programa de López Obrador: el proyecto de un decorador promovido como revolución de la esperanza.
Insisto: López Obrador no es un radical. Es un priista, es decir un pragmático no un ideólogo. Un priista tradicional convencido de que la historia patria ofrece el verdadero programa de acción política. No es necesario abrir la ventana para echar un vistazo a lo que han hecho otros países. Hay que seguir las lecciones de nuestra historia. Si hay razones para desconfiar de él no es porque pueda encabezar un gobierno de transformaciones drásticas. La superficialidad de sus propuestas puede tranquilizar a los conservadores, pero anuncia otra amenaza: la imprevisibilidad de un político ocurrente y devoto de sí mismo. Véase su manifiesto reciente, el catálogo de 50 propuestas para recuperar el “orgullo nacional”. El título es revelador: no se trata de un programa de crecimiento, de progreso, de justicia. Es una propuesta para colorear el telón del país. Si se lee este catálogo podrá verse que no anuncia revolución alguna. A decir verdad, tampoco anticipa alguna reforma que pueda considerarse seria. El conservadurismo de la propuesta es notable. No es falta de imaginación: es el lanzamiento de la industria de lo simbólico. Cambiar la residencia del Presidente, terminar con el presidio porfiriano, acabar con las pensiones de los ex presidentes. ¿Prioridades? Sólo para el político que entiende la izquierda como redecorado.
Si algo falta en las propuestas lopezobradoristas es un criterio de lo yugular. Ubicar la vena vital del país. Por eso sus propuestas son mucho más reveladoras por aquello de lo que no hablan. Mientras se insiste en la importancia de convertir la actual residencia presidencial en un parque, se entierra la cabeza en el agujero provinciano. La del perredista es una plataforma municipal, no nacional. El mundo no aparece por ninguna parte. Tal vez la mundialización es otra conspiración neoliberal y por ello no merece mención. México no necesita entender el desafío de nuestros nuevos competidores. Nada hay que hablar sobre China o la India. Nada qué decir sobre nuestra situación geopolítica. Nada que innovar en nuestro trato con Estados Unidos. Tan sólo la repetición de frases de la retórica internacionalista del oficialismo previo. Tampoco hay por ningún lado un cómputo serio sobre los costos de las decisiones. El maquillista no cree necesaria una reforma fiscal. Si se administran honestamente los recursos del Estado, si se reducen los salarios de los burócratas, habrá dinero para todo. También resulta revelador el silencio sobre la retícula de nuestras instituciones. El Congreso no requiere reforma; el régimen de partidos no merece análisis; el Estado de derecho es mencionado con escandalosa ligereza. La democracia necesita solamente un cambio: la llegada del esperanzador.
La izquierda partidista no tiene un candidato radical. Su candidato es un caudillo ocurrente y mesiánico. Devoto, no de una utopía, sino de un hombre: él. Su propuesta es nostálgica, aldeana, clientelar. Quizá no debe sorprendernos que el perredismo encabece hoy el proyecto de la restauración priista.
Jesús Silva-Herzog Márquez






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